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La Revolucion Estadounidense

November 3, 2006
by Amy Kauffman

En 1994, durante la presidencia del popular demócrata Bill Clinton, tanto la Cámara de Representantes como el Senado pasaron de manos demócratas a republicanas. Ese cambio trajo consigo la revolución republicana. Doce años más tarde, estamos a punto de presenciar una contrarrevolución.

Los demócratas se preparan para hacerse con el control de las dos cámaras. Una verdadera revolución significa que un partido obtiene una victoria clara, no un resultado ajustado. Para conseguir un mandato indiscutible, los demócratas necesitan obtener - y obtendrán- veinte escaños más en la Cámara de Representantes y conquistar el Senado.

La razón básica del próximo cambio es que los demócratas tienen más energía. Perdieron por muy poco la presidencia en el 2000 y, pese al sentimiento de amargura, no fueron capaces de recuperarse en el 2004. Sin embargo, este año marca un nuevo periodo de determinación demócrata. Para que se produzca una victoria abultada, un bando tiene que mostrar pasión y energía, y el otro caer en la apatía. Y, así, muchas de esas pérdidas se producirán porque los votantes republicanos ya no creen en su partido.

En primer lugar, los conservadores en el ámbito fiscal, la base republicana tradicional, se han sentido traicionados en los últimos años porque el partido ha priorizado las cuestiones sociales. El número de multimillonarios ha crecido, pero la clase media se ha resentido. Algunos profesionales no pueden permitirse el pago de casas o matrículas universitarias. Ahora se gana más que en las generaciones anteriores, pero el coste de la vida ha subido de modo vertiginoso, lo cual ha sembrado la frustración en muchas familias trabajadoras.Los demócratas han prometido legislar en temas relacionados con el bolsillo: aumentar el salario mínimo, frenar la externalización de puestos de trabajo, hacer asequible la universidad.

Los congresistas republicanos en ejercicio han pasado la mayor parte de su mandato defendiendo un programa social conservador de prohibición del uso de células madre, de los matrimonios homosexuales y de la quema de banderas, asuntos que poco importan a los republicanos económicos, para los que no tienen un peso suficiente como para colocarlos entre las prioridades federales. El acontecimiento decisivo se produjo el año pasado cuando el Congreso intentó impedir que el marido de Terri Schiavo, que llevaba 15 años en estado vegetativo, la desconectara de la máquina que la mantenía con vida. La segunda razón es que los conservadores en el ámbito social siguen sin estar satisfechos. Consideran que su lista de deseos no se ha cumplido del todo y que se ha dado por supuesto su voto, puesto que no tienen otro lugar al que acudir. Y, en mayor medida todavía que la mayoría de los electores, se sienten repelidos por el escándalo de Mark Foley, que ha puesto de manifiesto lo hipócritas que han sido los congresistas republicanos a propósito de los valores familiares. Eso hará que muchos se queden en sus casas el día de las elecciones. Por último, queda el asunto del presidente. A causa de la guerra de Iraq, el porcentaje de aprobación del presidente Bush ronda solamente el 35 por ciento. De costumbre, una visita presidencial sirve para dar un empujón a las campañas desfallecientes, pero en estas elecciones la mayoría de los candidatos no quiere hacer campaña con el presidente. Muchos demócratas han vinculado a su oponente republicano a Bush, y la táctica les está funcionando.

En el año 2006 llegará a su fin la sensación de privilegio de los republicanos. Eso mismo se dijo de los demócratas en 1994 como consecuencia de los escándalos en que se vieron envueltos. La posesión de derechos es algo curioso. Sólo tienes que estar en el circuito para abusar de ella.

This article originally appeared in La Vanguardia October 28, 2006.

Amy Kauffman was formerly Director of Congressional Relations at Hudson Institute.

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